Enviado por Javier Imbroda en
Artículo de opinión semanal publicado en Melilla Hoy

Su historia me suena a la de tantos niños o chicos jóvenes, víctimas de sus mayores. Una más, desgraciadamente. Este caso que me mostraron hace unos días, habla de un chico que a pesar de todo lo que le ha sucedido, se siente afortunado, dice que hay gente que está peor. Comprueben.

Llegó a España, junto a su madre, huyendo del padre, alcohólico y maltratador. Las secuelas de ese maltrato, cuestan una enfermedad mental a su madre, él, demasiado niño, conserva una especie de pesadilla que lleva a cuestas como puede. Se instalan, y su madre encuentra trabajo, un trabajo que se convierte en supervivencia. Esa supervivencia con el esfuerzo de ella, evoluciona a un desahogo inesperado. El chico, acude a clase como un niño más, pero su comportamiento no lo es. Se aísla del resto, apenas tiene comunicación. El idioma y ciertas rarezas, sirven de muro. Va aprendiendo la lengua española, muestra un interés notable en aprender, y termina con su dedicación el bachillerato y selectividad. Admirable.

Un día no se presentó a un examen final. Se justificó, alegando cualquier excusa. Al año de aquella ausencia, comunicándose con alguien cercano, se sincera, y le explica que lo que ocurrió, fue en un ataque esquizofrénico de la madre, de los que le daba periódicamente en forma de insultos, amenazas e incluso agresión física, una demanda por parte de ella que le llevó ese día al calabozo. Durmió allí, y se perdió el examen. Lo llevaba oculto. En el posterior juicio, su madre, terminó por no ir, y se archivó la causa. Pasaba de momentos entrañables al infierno más pavoroso. Se tenía que medicar, y no lo hacía, y sus reacciones eran imprevisibles.

No pudo más. En uno de esos arrebatos, termina por coger lo imprescindible, y se marchó de casa. Tenía miedo. Una familia, compañero de curso, lo acoge y le da el calor que nunca conoció. Enterada la madre del domicilio, amenaza también a esa familia, y el chico, decide poner tierra de por medio, le preocupaba que pudiera cometer una locura. ¿Qué hacer en esas circunstancias?, a través de un conocido, es acogido en una Iglesia, duerme junto a sin techo mucho más mayor que él. Así vive, o malvive.

Tiene 20 años. Ahora, su preocupación es que su residencia en España caduca. Necesita ayuda, no sabe cómo hacer, ni enfrentarse a la inhumanidad, muchas veces de una administración fría y sin escrúpulos. Las administraciones no entienden de sentimientos, solo de trámites  burocráticos, y esos trámites carecen de alma. Allá donde va, lleva un portafolios con todos sus papeles a cuestas, residencia, documentos académicos, sus tesoros. No se despega de ellos en ningún momento, es lo único que tiene.

No quiere saber nada del padre, ni de la madre. Ya ha visto mucho, ha vivido el lado oscuro de una desgraciada infancia y adolescencia. Desconoce, si podrá continuar aquí o lo devolverán al lugar inhóspito de donde huyó. Y además, eso, consuela a los demás, dice que hay gente que está peor que él.

Una historia de tantas. Hablamos muchas veces de la lamentable pobreza que padecen muchos niños, cierto. Pero olvidamos, ¿cuántas situaciones de maltrato inocente, de doloroso desgarro, suceden cada día? En este caso, el problema no era económico, eran dos desgraciados mayores que hacen la vida imposible a un menor. ¿Cuánto de esto ocurre cada día? Reflexionas sobre ello, y mi pensamiento se pierde sin encontrar respuestas. Yo no las tengo, solo observo, la posibilidad que si está en tu entorno, poder ayudarle en la medida de tus posibilidades. Contrarrestar tanta desgracia, debiera ser una obligación de todos.

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