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Entrevista de Antonio Oliver para El Diario de Jaén

 A Javier le han pasado las cosas muy pronto. Eso es bueno o malo, según se mire,  pero en su caso el saldo es tan positivo que no hay duda. Es un afortunado. Su vida está ligada, desde siempre, a una idea: superación. Él ha tenido sueños, obsesiones y anhelos, como todo el mundo, pero su concepto global del baloncesto como deporte y “algo más”…le armó de ilusión hasta los dientes y sirvió para que, en Málaga, frente a un gigante deportivo y económico, Caja de Ronda, explotara un milagro de patio de colegio que se llamaba Mayoral Maristas y llevaba la firma de un joven entrenador, Javier Imbroda. Ese fue el principio de una historia que, se sigue escribiendo y que hace de Imbroda una parte fundamental de la historia del baloncesto en España. Ha sido entrenador de Maristas, Caja de Ronda, Caja San Fernando, Real Madrid, Valladolid y Menorca, en estos dos últimos equipos, más que entrenador fue gestor y solucionador de problemas. Seleccionador Nacional de España, bronce en el europeo de Turquía y miembro del cuerpo técnico de la selección Lituana que ganó el bronce en Barcelona 92. Además, es el único entrenador español que le ha ganado a EEUU en partido oficial: Indianápolis02. Ese partido no lo olvidará nunca por lo que todos vimos y por cosas que no vimos, pero que algún día se sabrán para una mejor comprensión del baloncesto español.

—¿Qué razón le lleva a ser poco amigo de las canteras deportivas?

—Si pudiera me cargaba todas las canteras de los equipos profesionales, porque hace fotocopias malas del primer equipo. Eso hace que veamos a niños creyéndose profesionales del primer equipo y, en realidad, solo son niños. El deporte debe volver al colegio y que los recursos humanos que se utilizan en los clubes se trasladen a la escuela. Ese es el medio natural del niño, la escuela.

Luego hay un entorno inconsciente que lo forman los padres, los clubes y algunos entrenadores. Creo que en eso nos estamos equivocando y estamos generando chicos consentidos, arropados y muy cómodos. Eso hace que los entrenadores se quejen de que el nivel de compromiso ha bajado. Es normal, a los críos les están dando de todo desde que tienen ocho años, no les falta de nada y lo tienen antes de que se lo ganen. Al final es un problema de educación pero la educación es un proceso largo que no todo el mundo está dispuesto a afrontar.

—Usted pasó del deporte de élite a la gestión pública en un Ayuntamiento. ¿Cómo se adapta a eso el deportista?

—Depende de cómo llegues a esa gestión pública. Una cosa es llegar, casi por fuerza, y como medio de vida o si llegas con la idea de aportar con tu experiencia un grano de arena a su mejora y a la sociedad. Si se trata de tu medio de vida, harás una gestión mediatizada y con la prudencia de no molestar. Si llegas con la idea de aportar tu experiencia y la vida la tienes resuelta por otro lado puedes arriesgar y tratar de ayudar realmente. Seguramente esa gestión sea más incómoda, pero también más justa, más ecuánime y más eficaz. Creo que, igual que hubo un servicio militar, debía de haber un servicio civil en el cual, personas con demostrada profesionalidad y experiencia aportaran sus conocimientos a la sociedad. Una especie de senado que aproveche la sabiduría de sus miembros a favor de todos. Es una fórmula que quedaría libre de los condicionamientos de un compromiso político particular.

—¿Ha echado de menos el baloncesto?

—A veces. No siempre. Mentiría si dijera otra cosa. Yo hasta los 43 años no sabía lo que era un fin de semana. He llegado a estar, compartiendo trabajo, cinco años en la Selección y siendo entrenador de club. Eso es duro. Cuando la alta competición y yo llegamos al acuerdo de que había que parar, empecé a descubrir que existía vida y que yo la podía disfrutar. Cuando descubrí eso empecé a dejar de echar de menos la alta competición. Qué duda cabe de que en momentos puntuales si la echo de menos, la llevo en la sangre, pero, siendo sincero, no me quita el sueño.

—¿El deporte profesional se ha deshumanizado?

—El deporte profesional, al más alto nivel, tiene un componente muy importante de negocio. A esos niveles se mercantiliza al deportista y se produce inevitablemente una pérdida de humanidad. No digo que el negocio sea malo, es legítimo pero, es verdad que el deporte siempre ha ido acompañado de una serie de valores que, personalmente, me encantaría poderlos trasladar a todos los sectores. Me encantaría poder trasladarlos, por ejemplo, al mundo de la política. Entre otras cosas sabríamos cuando se gana y cuando se pierde. En deporte no hay duda, cuando ganas, ganas y cuando pierdes, pierdes y se acepta. En política todo parece que es lo contrario de lo que es y los que lo vemos desde fuera nos perdemos.

—¿El fútbol es un buen o un mal ejemplo?

—Creo que el fútbol no es un buen escaparate para la juventud. No lo es porque ahí el negocio afecta a los niños desde muy pequeños y ese es un límite que el fútbol no se pone, lo permite. No es buen ejemplo porque enseña la trampa, el engaño. Se finge un penalti para engañar al árbitro, al rival, al periodista. Se pierde tiempo, hurtando al contrario la posibilidad de disputar limpiamente un resultado. Lo peor es que no interesa que eso se corrija y hay un rechazo a que las nuevas tecnologías formen parte de este deporte. No interesa que eso se haga porque el fútbol vive de la polémica. Finalmente el fútbol no es un buen ejemplo porque es insolidario. Ni paga a la Seguridad Social ni paga a Hacienda. En esto hay permisividad por parte de los gobiernos y connivencia en los medios de comunicación. Eso es lo que me hace pensar que el fútbol, efectivamente, no es un buen ejemplo. Luego están los deportistas a nivel individual que, con sus estilismos, hacen que en las canteras se vean cosas como mínimo extrañas. Me gustaría saber si son conscientes de la fuerza que tiene su acción y su comportamiento sobre niños que los admiran y que los imitan. No sé…

—Ser el único entrenador de baloncesto que ha ganado a EE UU en partido oficial, ganar una medalla olímpica con Lituania, ganar una medalla en un europeo de selecciones o ser cesado en el Real Madrid ¿Qué se recuerda, a su juicio, más de usted?

—Hay de todo, pero en España ni se perdona ni se olvida el fracaso. Hay muchas cosas de EE UU que no me gustan. He leído que, a una pareja que hacía el amor en la playa, le han caído dos años de cárcel. Me parece una barbaridad. Sin embargo, hay cosas que admiro de ellos. Allí el fracaso se considera una inversión. Admiran y valoran el éxito, pero no se condena el fracaso. En España no se perdona el éxito y se ensalza y se mantiene vivo el fracaso. El triunfo de los demás nos produce algo que agita los bajos fondos de la persona hasta tal punto que se prefiere decir “envidia sana” en lugar de admiración a secas. No sé si es un componente genético o lo que es, no soy antropólogo, pero es así y se repite a los largo de nuestra historia. Hay muchos ejemplos de esta forma de comportarnos ante el éxito o el fracaso de los demás.

—¿Cómo ve la política después de su paso por el Ayuntamiento de Málaga?

—No la entiendo. Creo que estamos en un momento político muy importante. Vivimos un debate sobre el bipartidismo, sobre la presencia de nuevos partidos y sobre nuestro futuro inmediato. Se habla mucho de la regeneración democrática y, personalmente creo que lo que necesitamos es una regeneración ética. Habría que acotar los tiempos de mando y quienes cumplan ese periodo que pongan al servicio de la sociedad sus conocimientos desde otro lugar. No se trata de arrinconarla experiencia, ese es un error de las sociedades modernas. Se trata de oxigenar los espacios de liderazgo y evitar que las personas se perpetúen en los cargos. Entiendo la política como un medio para hacer el bien común y no veo esa idea reflejada en la acción diaria. Lo que veo es el bien común de unos para unos y lo veo en unos lugares y en otros, afecta a todos por igual.

La entrevista realizada por Antonio Oliver ha sido publicada en el Semanal del Diario de Jaén con fecha  de Julio de 

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